Benny Lackner Trio

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Tiene Benny Lackner una concepción suave del jazz que, afortunadamente, no le lleva a aligerar tanto su música como para acabar resultando insustancial.

 

 

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Benny Lackner Trio

Blue Jazz Club (Hotel Saratoga, Palma)
14, 15 y 16 de febrero de 2008

Benny Lackner: piano
Derek Neivergelt: Bajo
Robert Perkins: Batería

Suave, comprometido, sincero

Tiene Benny Lackner una concepción suave del jazz que, afortunadamente, no le lleva a aligerar tanto su música como para acabar resultando insustancial. Lackner es un pianista nacido en Berlín y criado tanto en el jazz de vieja y nueva escuela como en el folk y el pop. Gusta de aplicar un lenguaje sofisticado en justa medida, lo cual evidencia principalmente en sus arreglos para temas pop ajenos que dejan buen regusto, incluso cuando se empastan. Los asistentes a cualquiera de sus tres muy buenos conciertos en Palma pudimos comprobar como su heterodoxia está mucho más cerca de la sensibilidad que del populismo pobre en el que llegan a caer otras figuras del maridaje pop-jazz (Diana Krall, Norah Jones).

Para su visita a nuestra ciudad, el pianista residente en Brooklyn se dejó en casa las texturas electrónicas y las bases programadas que explora en su último trabajo, Pilgrim (Stray Dog Music, 2007), y arrancó la noche del jueves con una serie de piezas de aire purista, como para dejar constancia de que amén de vivir en el día de hoy (a través del pop), también es capaz de interpretar con soltura claves de jazz estrictas. No en vano, ha recibido clases del gran Brad Mehldau, de quien parece haber adoptado esa expresividad que el excelso pianista canadiense consigue a través de una cierta economía musical. A Lackner también lo han relacionado con Keith Jarret, Thelonius Monk o Bill Evans, pero parece más cómodo en las maneras menos recovecosas. Tras el descanso, Lackner incluyó en su set dos versiones, pruebas palmarias de sus gustos híbridos: un tema pop de la canadiense Feist y el If Six Was Nine de aquel gran transgresor que fue Jimi Hendrix. La jornada del jueves acabó con temas de su último Pilgrim, cuando muchos de los presentes ya teníamos decidido que repetiríamos al día siguiente.

El viernes fue casi un calco del bolo del jueves, ocasión a menudo perfecta para calibrar la profesionalidad de un músico. A mismos elementos, mismas actitudes: compromiso con el público y ningún rastro de oficinismo ni hastío. Además, podía uno salir reforzado en la opinión de que Perkins, el batería, es uno de esos ejecutantes que saben que su instrumento es un todo –comportamiento que, ni mucho menos, tienen todos los baterías-, que se puede tocar y jugar con las puntas de las baquetas, pero también con los extremos y con toda su longitud; que los platos pueden dar mil sonoridades si uno se entretiene en darle de lleno, de canto, rozando o acariciando; en definitiva, que hasta las tuercas ofrecen posibilidades. Perkins redondeó sus aderezos con maracas, conchas y artilugios varios, a la manera del enorme Yusef Lateef.

Y con el sábado llegó el dejarse llevar, la anarquía controlada que este conjuntadísimo trio quiso llevar hacia la ortodoxia y la vieja escuela. Nos regalaron un largo set casi sin descansos (parece que ellos estaban tan a gusto como nosotros) que sonó como a veces debe sonar un concierto que pretende estar vivo: como una jam, como una reunión relajada y suave pero comprometida e implicada. Sin voluntad de apabullar con la técnica, pero con convencimiento en las propias posibilidades y sinceridad en su propuesta. Fueron tres noches de muy buen jazz moderno con notables bases clásicas. Veladas que, por cierto, pasarán a formar parte de ese grandísimo cajón de eventos inéditos para los medios de comunicación locales, que rara vez son capaces de detectar la singularidad de citas como ésta.

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