Bebo y Chucho Valdes “Juntos Para Siempre” – Jazz Voyeur Festival

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Ver sobre el escenario a los Valdes, padre e hijo

solos al piano es uno de esos acontecimientos que se guarda en la

memoria colectiva del Jazz de las islas. El despliegue artístico del

que hicieron gala los dos artistas solo es comparable a la humildad que

mostraron sobre el escenario, Un concierto histórico que supone el

primer y merecido lleno absoluto del festival Jazz Voyeur.

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Ver sobre el escenario a los Valdes, padre e hijo

solos al piano es uno de esos acontecimientos que se guarda en la

memoria colectiva del Jazz de las islas. El despliegue artístico del

que hicieron gala los dos artistas solo es comparable a la humildad que

mostraron sobre el escenario, Un concierto histórico que supone el

primer y merecido lleno absoluto del festival Jazz Voyeur.

Bebo Valdes  es un auténtico superviviente, ha sabido cosechar lo mejor

de cada casa en la que ha habitado durante su larga vida sobre los

escenarios, siendo capaz de moverse con maestría en todos los palos.

Más allá de Calle 54 -la vuelta de su retíiro de casi 30 años- Bebo nos

regaló Lágrimas negras, el álbum de flamenco que hizo que todos

aquellos que aborrecían el género con tanta vehemencia como

desconocimiento se pasasen horas escuchando sin parar al Cigala

dejándose la piel sobre los acordes y melodías que Bebo inventaba para

la ocasión.

Bebo es cálido, es caribeño, es gitano, es elegante, es lo que la

ocasión exige que sea en cada momento, sin una nota de más o de menos,

sin adornos excesivos ni virtuosismos explosivos, pero dejando a los

que pudimos disfrutarlo de un sabor de boca denso que todavía días

después permanece en nuestros paladares.

Chucho Valdes es la otra cara de la misma moneda, se reconoce como el

producto de lo que su padre le transmitió por la música y la dedicación

de este a la hora de transmitirle esa devoción, pero el camino que ha

recorrido Chucho Valdés sobrepasa la influencia de Bebo y se ha

convertido en uno de los pianistas de referencia dentro del Jazz por

méritos propios. El virtuosismo del que hace gala sobre el escenario

esta al alcance de unos pocos, recordando en ciertos momentos del

concierto a una suerte de Oscar Peterson caribeño, convirtiéndose es el

complemento perfecto de Bebo sobre el escenario.

En la velada predominó la gran complicidad que existe entre padre e

hijo y la comunión con el público fue total, un concierto en el que

pudimos ver a dos pianistas diferentes, pero se complementaron a la

perfección en una apuesta sobria de solo pianos, un reencuentro tras

más de 40 años de dos artistas inconmensurables. Una cita que resultó

inevitablemente emotiva,  el público, consciente de que esta será

probablemente la última vez en la que veremos a padre e hijo juntos

sobre un escenario, estuvo totalmente volcado disfrutando cada minuto.

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